Cómo perdimos el tiempo – 1

El cielo en Madrid era del color de un iPad cuando se te rompe la pantalla.

En el último piso del edificio que todavía se llamaba de la Telefónica – aunque ya nadie recordaba qué había sido eso – Anya Buddenbrooks contemplaba la región. Desde la altura de sus 123 pisos, el edificio de la Telefónica miraba por encima del hombro a la mayor a parte de sus vecinos rascacielos en el cogollo hi-tech de la Gran Vía, y permitía ver más allá de las favelas al otro lado del Manzanares, hasta el tapiz verde oscuro de encinares interminables que se extendían hacia la sierra. Desde aquella altura, el territorio de la Comunidad Tecno-Industrial de Madrid parecía haber sido fagocitado por la Casa de Campo. Lo cual no dejaba de ser irónico, pensó.

Suspiró. Llevaba tres cuartos de hora esperando y tenía hambre, pero no podía permitirse la impaciencia. Como todo el mundo sabía, si Borja Cheng te llamaba, acudías.

Borja Cheng. Pese a su relativa juventud, su biografía ya había pasado a convertirse en ejemplo tópico en los libros de autoayuda para ejecutivos. Adoptado por una familia de la élite china en un orfanato de Córdoba en el peor momento de la Descomposición, se había criado entre Shanghai y San Francisco, aprendiendo los entresijos de la industria post-globalizada en las rodillas de su padre adoptivo, y convirtiéndose en trillonario a los quince años. A los veintitrés años tuvo su crisis de fe e, inconcebiblemente, desapareció del mapa y de las redes sociales durante cinco años, sólo para regresar convertido de un joven y brillante playboy en un autoproclamado experto en redes. La expresión era risiblemente arcaica, y después de la muerte de Facebook y Facetag ya nadie entendía muy bien exactamente en qué podía consistir eso. Pero debía de haberle funcionado, porque Cheng había cuadruplicado su fortuna y se había convertido en una de las personas más influyentes del planeta: hasta tal punto que bastaba con que abriera la boca para aparecer en la portada del NYTDigital y que la Bolsa fluctuara.

Nadie entendía muy bien por qué alguien como Cheng se empeñaba en seguir teniendo su principal residencia en un lugar como Madrid – empezando por los madrileños, que lo percibían con una mezcla de agradecimiento y resentimiento. Era constantemente seguido, física y virtualmente, por una comitiva de periodistas y blogueros que oscilaban entre cantar sus loas hasta provocar vergüenza ajena y desear sin mucho disimulo que Cheng la cagara para poder entrar a degüello. El que la vida privada de Cheng fuera notablemente opaca para vivir en una ciudad en la que todo se sabía resultaba especialmente frustrante. En un mundo tribal, tener una fortuna obscena no era ya garantía de privacidad: lo cual hacía que la pantalla que rodeaba la vida de Cheng fuera tanto más intrigante e hiciera pensar que Cheng tiraba de hilos insospechados.

Y eso hacía inevitable la pregunta: ¿qué demonios quería Cheng de Anya? Mas aún: ¿por qué demonios sabía Cheng que Anya existía?

– ¿Señora Buddenbrooks? El señor Cheng acaba de llegar y la está esperando.

Por comparar: http://lasindias.com/como-perdimos-el-mundo-01/

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2 pensamientos en “Cómo perdimos el tiempo – 1

  1. Pingback: Cómo perdimos el mundo | Samizdat X

  2. Pingback: Entrevista con Borja Cheng | Indiano Watch

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