Cómo perdimos el tiempo – 2

La superficie del despacho de Borja Cheng venía a ser el doble de todo el apartamento de Anya, y su tamaño parecía aún mayor por el hecho de que estaba prácticamente vacío, decorado en un minimalismo blanco reminiscente de la estética retro de Apple. El único mobiliario eran dos butacas blancas, un sillón color grafito, y un inmenso escritorio en cristal opaco y cromo sobre el cual únicamente reposaba una tablet filo de un modelo que Anya no había visto antes y que estaba segura que ni siquiera se había fabricado en masa aún. Sentado tras el escritorio, Cheng estaba claramente dándole órdenes a alguien en mandarín.

– Anya. Me alegro de que hayas podido venir. – El brusco paso al español, sin solución de continuidad, la tomó por sorpresa. Su acento completamente peninsular estándar, sin atisbo alguno de su trasfondo asiático o anglosajón. Tomó la tablet, cuya pantalla se iluminó al instante. – ¿Has oído hablar de la filé Tartessos?

Claramente Cheng no era hombre que se anduviera con rodeos. – No, me temo que no. ¿Debería?

Cheng sonrió levemente. – ¿Cómo andas de trabajo últimamente, Anya?

Anya sintió el equivalente de un atragantamiento mental. Tosió. – Sospecho que lo sabes perfectamente, Borja. ¿Me equivoco? – Normalmente le hubiera tratado de usted, pero siguió su tuteo agresivamente.

De nuevo, Cheng no respondió. – Hace tiempo que sigo tu… erm, trabajo. Y creo que lo de Inditex fue esencialmente un desafortunado incidente del que no se te puede culpar. Aunque, por supuesto, es exactamente lo que han hecho tus clientes, como es lógico. Cualquiera habría hecho lo mismo. – Y ahora sonrió plenamente, enseñando sus dientes. Una sonrisa depredadora.
– Digamos que fue desafortunado para ti, pero afortunado para mí. Porque ahora estás libre. – No era una pregunta.

Anya no dijo nada, deliberadamente. Cheng frunció algo los labios. Claramente había esperado que ella le devolviera la pelota. – Estoy interesado en la filé Tartessos. Pero es difícil obtener información. Más allá de la propaganda disponible para el público, claro. – Le tendió la tablet. Un sitio web en euskera, español, y otra lengua aparentemente románica que Anya no reconoció sobre una especie de cooperativa.

– ¿Y otras fuentes?

De nuevo Cheng pareció contrariado. – Llegan hasta donde llegan. Pero la sede de Tartessos está en Bilbao, al otro lado del telón de acero de la República de Mondragón. Necesito información desde dentro.

Anya bajó la tablet, desalentada. No le gustaba en absoluto a dónde estaba yendo aquello. – Estás hablando de un trabajo de muchos meses. Más de un año, tal vez dos. Uno no puede infiltrarse en un grupo cerrado de estas características así como así.

Cheng volvió a recuperar su aire de suficiencia. – Eso ya está cubierto. Hace meses que hemos estado haciendo la vía tartesia en tu nombre.

– ¿La qué?

– Los tartesios tienen una especie de curso introductorio para candidatos a unirse al grupo que se realiza a través de la red. Básicamente, hay que publicar una mezcla de diario de lecturas y confesionario como fase previa a la entrada en el grupo. Si se pulsan los botones adecuados, la entrada es mucho más rápida.

Anya le miró de hito en hito. – Y habéis estado publicando eso en mi nombre para que me acepten. Durante meses. En mi nombre. Sin pedirme permiso ni avisarme.

Cheng le sostuvo la mirada sin inmutarse. – Sí. Nuestro equipo de expertos en antropología, psicología, y política ha estado estudiando el perfil del grupo tartesio y el tuyo, y ha generado unos contenidos que básicamente han hecho que se estén meando de gusto en las bragas ante la perspectiva de que te unas a ellos. Particularmente Gebara.

– ¿Guevara? ¿El Che?

– Su líder. Ismael Gebara con b y sin u, por lo de la cosa euskalduna desde que están en Bilbao. El jefe de nuestro equipo te pasará el informe completo y te pondrá al día.

Anya posó la tablet sobre el escritorio de nuevo. – Yo no trabajo así. ¿En serio creéis que me voy a meter en algo parecido, en Mondragón – EN MONDRAGÓN -, a ciegas, sin haberlo preparado yo, fiándome de vosotros? ¿En serio?

Cheng tomó la tablet, la manipuló rápidamente, y se la devolvió a Anya. La pantalla estaba dividida: una mitad mostraba el estado de su cuenta corriente, la otra su ficha policial.

Cuando levantó de nuevo la mirada, Cheng tenía de nuevo aquel aspecto de gato satisfecho.
– Pero no te preocupes, Anya. No te vamos a enviar a ti sola.

http://lasindias.com/como-perdimos-el-mundo-02/

Anuncios

Un pensamiento en “Cómo perdimos el tiempo – 2

  1. Pingback: Cómo perdimos el mundo | Samizdat X

Delibera, aunque sea banal

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s