Cómo perdimos el tiempo – 6

Cruzaron un Bilbao completamente vacío: eran las 8 de la tarde, tarde para las laboriosas costumbres locales, y no se veía ni un alma por las calles. Resultaba difícil creer que aquélla hubiera sido una ciudad industrial y portuaria alguna vez, con sus aceras impolutas, sus áreas ergonómicas de juegos de niños y mayores (fabricadas de materiales reciclados), y sus prístinas fachadas, sólo violentadas por alguna pintada ocasional: GORA BERMEO ASKATUTA. BIZKAITAR ERRESISTENTZIA. Encartaciones Libres YA. DEVOLVEDNOS LOS FUEROS, CABRONES.

Los tartesios tenían su sede en un caserío en la ladera del monte Artxanda. Atravesaron la plaza de Euskal Herria y el puente de Deusto, por encima de la ría cubierta por una bruma fantasmal, y subieron monte arriba. Durante un tiempo que se les hizo eterno, condujeron por estrechas carreteras que serpenteaban penetrando en el bosque, cuya oscuridad parecía oprimir contra los cristales, con los faros zigzagueando frenéticamente sobre el asfalto.

– En cualquier momento aparece un comando berezi redivivo – murmuró Juanjo, que empezaba a mostrar síntomas de preocupación.

– ¿Qué?

– Nada. Historia antigua.

En cualquier otra circunstancia hubieran llamado para pedir ayuda, pero los tartesios eran fóbicos a la telefonía y se preciaban de no utilizar móviles ni tablets, sino tan sólo portátiles de teclado que se fabricaban ellos mismos en una impresora 3D casera (ya que cada vez los portátiles eran más difíciles de encontrar en el mercado, y menos de una compañía que les pareciera tolerable). Tampoco era posible mandarles un mensaje desde la tablet, ya que no disponían de ningún servicio de mensajería como Whatsapp o Whatsnu porque consideraban que estaban centralizados.

Finalmente, tras pararse varias veces y consultar el mapa que habían impreso (el navegador estaba completamente desubicado en aquella oscuridad frondosa), dieron marcha atrás, encontraron una carretera de grava que se salía de la principal, y llegaron a un camino de tierra que terminaba en una verja. A cada lado de la verja se alzaba un pilar de piedra con una figura esculpida encima: en la luz de los faros, pudieron ver que eran una especie de esfinges, dos figuras de animales cuadrúpedos tumbados, alados y con cabezas claramente humanas. En mitad de la verja, un letrero mostraba una estrella de ocho puntas, como dos cuadrados ensamblados, con la silueta de una trirreme o galera en el centro.

Juanjo apagó el motor pero mantuvo las luces encendidas unos momentos. – ¿Lista? – Anya asintió. – No te olvides. Todas las notas en cuaderno, escritas a mano por la noche, y ocultas en algún lugar seguro. Yo tengo el pincho para la conexión cifrada en el maletín del portátil. Ya nos las apañaremos para encontrar momentos para conectar con el exterior. – Sonrió una sonrisa ladeada, e inesperadamente le apretó la mano. – Ánimo. Suerte y al toro.

Cuando salieron del coche ya habían  detectado su presencia dentro, y un haz de luz iluminó el camino según alguien abría una puerta y bajaba hasta la verja. – ¡Hola hola hola! – sonó una voz de mujer.

Se acercaron a la verja y se encontraron con Bel, envuelta en una especie de chal o rebozo, sonriendo de oreja a oreja. – ¡Hola chicos! ¡Qué alegría conoceros por fin! Pasad, pasad, os estábamos esperando hace rato ya. ¿Tuvisteis buen viaje? ¿Traéis mucho equipaje?

Subieron por un sendero hasta la entrada del caserío, que estaba algo más en alto, mientras Bel iba charloteando. – Bienvenidos a nuestro Baserri Tartessos, o a nuestro caserío glam, como lo llama Ismael. Es que por menos de lo que nos costaba un piso abajo en Bilbao encontramos esto, que es más como un kibbutz, que es lo que nos gusta, y podemos tener además nuestro huerto tartesio, nuestra terracita que es un gusto cuando le da el solecito los domingos para tomar el vermú…

Por fin llegaron al haz de luz de la puerta de entrada. Que de pronto quedó tapado por la silueta de un hombre plantado en mitad de la puerta, con los brazos abiertos, bramando.

– ¡Chicoooooooooooooos!

La figura osuna de Gebara se abalanzó sobre ellos, abrazándolos y – en el caso de Anya – alzándoles en vilo. – ¡Qué alegría, chicos! ¡Bonvenitus sotus! ¡Qué ganas teníamos de conoceros por fin! ¡Pasad, pasad!

Entraron a un salón frío iluminado por velas, salpicado de pufs, sillones bajos algo desvencijados, y, al fondo, una mesa larga de reuniones flanqueada por sillas. Varias cabezas se giraron a mirarles, y una mujer bajó por  las escaleras al fondo. Marisol o, como Anya y Juanjo ya se referían sistemáticamente a ella – no podían evitarlo, pese a ser mala práctica antropológica – la Mascota.

– A Bel ya la conocéis, ésta es Marisol – la Mascota torció el gesto como saludo – y éstos son João, Sandra, y Xuan. Adolfo no está ahora mismo porque estuvo dando un seminario en la Universidad de los Gorbals, pero regresa mañana y os pone al día de todo. Luego están nuestros piesenpolvorosa, nuestros aprendices, pero ellos vienen a trabajar durante el día, y por la noche bajan a su nido en Bilbao.

Las otras tres personas se habían levantado y se aproximaron saludarles. João era un gigante moreno con cara de torta que parecía no decir nada más que “Sí” a todo con una sonrisa de pasmarote. Sandra y Xuan, de los que Anya no había oído hablar y que no figuraban en el sitio web tartesio, le interesaron más.

– ¡Espero que tengáis hambre, chicos! Porque os hemos preparado algunas de nuestras especialidades tartesias: nuestro famoso pollo Abraham Abulafia y nuestro marmitako, porque aquí dirán lo que quieran pero no tienen ni idea de hacerlo…

Ismael les pasó un brazo a cada uno por la espalda y se encaminó con ellos hacia la cocina mientras Bel explicaba entusiasta cómo se hacían su propio pan ellos con una panificadora que se habían impreso con unos diseños de una cooperativa murciana porque en la panadería local eran unos ladrones “y la gente, claro, es que van a primera hora y te encuentras unas peleas por las últimas barras que es alucinante, las viejas, cómo son las viejas vascas, bueno y las no tan viejas…”

– Tenemos nuestro equipaje en el coche – recordó Anya entonces, deseosa de zafarse de la zarpa de Gebara. Pero Bel, sin volverse, dijo: – No te preocupes. Ya te ocupas tú, ¿verdad, Marisol?

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http://lasindias.com/como-perdimos-el-mundo-06/

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