El arte de jugar a las damas – 14

Aquel fin de semana habían organizado el Día del Orujo, al que habían invitado a muchos conocidos y simpatizantes, así que, pese al mal ambiente reinante en Tartessos tras el fiasco con Lankide y Aguirre, no les quedó más remedio que celebrarlo.

Antes de la llegada de los invitados, Gebara reunió a todos los tartesios y adoptó su postura de sacerdote oficiante para explicar la solemnidad e importancia de la ocasión:

¿Por qué celebramos el día del orujo? ¿Es porque simplemente porque nos gusta beber orujo? ¿Es por agarrarnos un colocón? NO. Históricamente, los alcoholes de fermentación están ligados a la celebración y sacralización de las relaciones comunitarias y de la comunidad con el medio. La elaboración del orujo -seguramente uno de los más antiguos- es en si misma un resumen y un símbolo del ciclo productivo, de los procedimientos colectivos para transformar, construir y realizar productos.

La elaboración del hollejo del orujo exige de cada uno de nosotros pietas, atención, respeto y amor por la comunidad con la que trabajamos. Aunque hay espacio y oportunidad para la originalidad personal, tiene que darse dentro del espacio de la coordinación y la sincronización con los otros.

Anya apunto subrepticiamente en su cuaderno de notas: “PIETAS: la individualidad de los miembros de la comunidad se supedita al “bien común” – sinónimo de la voluntad del líder”.

– El hollejo se deja después en la soledad de la fermentación en el alambique. Comienza entonces a bullir, a tomar vida propia. A través de ese proceso va ganando en alcoholes y convirtiéndose en orujo. Una buena alegoría de la virtus, la bravura, la excelencia, el esfuerzo y la superación personal en aras de otros y el bien colectivo, cuyo ejercicio nos transforma y empodera. La virtus vive también en la penumbra, no se hace evidente a cada momento, pero si la dejamos crecer dentro de la sensatez, nos convertirá a cada uno en el apoyo que los demás necesitan en los momentos difíciles. Cuando necesitemos de los otros más que el compromiso establecido, será su virtus la que nos impulse. Así, empoderándonos a cada uno, empodera a la comunidad. En el cambio permanente y discreto que realiza en cada uno se fundamenta la resiliencia de todos.

Anya anotó: “VIRTUS: el hollejo fermentado (!!!) como metáfora de la transformación personal requerida para formar parte de la comunidad – cf. el nazi de Jung hablando de la alquimia. Metáfora de la metamorfosis del individuo para “adaptarse” a las reglas impuestas por el líder – mecanismo clásico en sectas”.

– Luego, cuando la fermentación ha llegado al nivel deseado, el orujo se decanta y embotella. Si todo se ha hecho bien los olores serán fragantes, tendrá el cuerpo deseado y las sonrisas de orgullo serán inevitables. Si el proceso se retrasa el resultado quedará rancio, si se adelanta débil, incompleto. Es una bonita alegoría de la fides, el compromiso con la palabra dada.

Anya anotó: “FIDES: Delirio colectivo: los tartesios realmente creen que tienen un historial excelente de éxitos y logros con sus clientes. Y sin embargo, sus éxitos reales son nulos. El líder atribuye siempre los fracasos a una “traición” por parte de una parte externa, y el grupo no reconoce cómo se desdicen sistemáticamente de sus promesas. El valor de la palabra dada es así nulo, puesto que depende estrictamente de la voluntad (capricho/estado de ánimo cambiante) del líder”.

– Así pues – remató Gebara, solemne –  cuando toméis un chupito después de la comida, pensad que ese chupito no es un mero chupito para hacer mejor la digestión: ese chupito es una metáfora de nuestra virtus, fides, pietas, resiliencia. Ese chupito es la encarnación de nuestra vida interesante y nuestro gusto por estar juntos. Ese chupito, bros, es Tartessos.

***

Los invitados llegaron por la tarde. Básicamente, procedían de pequeños grupos “alternativos” – ecologistas, anarquistas, pequeños cooperativistas, comunas. También estaba Jorge Robles, un autor al que Gebara había convencido para que publicara su último libro de ciencia ficción a través de Tartessos y que todavía no había visto ningún beneficio en términos económicos y de reputación, básicamente porque los tartesios no se habían ocupado en absoluto de promocionarlo más allá de poner un enlace en su sitio web. Robles estaba hablando con la Mascota – que en un momento dado había recibido el título aparentemente importante y realmente vacío de Directora de la Editorial – con aire de desánimo, pero la conversación claramente no estaba yendo a ninguna parte.

– No hay nadie de ninguna empresa medianamente importante – le comentó Anya a Juanjo.

– No me extraña. Después del fiasco de Euskalberri, las posibilidades de que Tartessos se convirtiera en una consultora corporativa potente se disolvieron. La estrategia de Gebara ahora es dedicarse a los pequeños nichos marginales a los que la enemistad del “capital” les puede incluso resultar atractiva. Pero después de lo de Lankide, los nichos van a tener que ser muy, pero que muy marginales.

– Un momento. ¿Ése no es…?

“Ése” era un hombre no muy alto, fornido, al que Anya reconoció de inmediato como Pedro López, el director de comunicación de Euskalberri. Que precisamente se estaba acercando directamente a ellos.

– Anya Buddenbrooks y Juanjo Valiñas. Precisamente tenía yo ganas de hablar con vosotros.

– ¿Nos conocemos?

– No personalmente. Pero mi trabajo consiste precisamente, entre otras cosas, en averiguar quién es quién.

La Mascota reclamó a Juanjo desde el otro extremo de la sala – necesitaban a gente con fuerza para levantar un alambique, y además necesitaba una excusa para escaquearse de Robles – así que Anya se quedó a solas con López. – ¿Podemos hablar en algún lugar más tranquilo?

– Claro – contestó Anya. Dijo, deliberadamente en más voz alta para que la oyeran los tartesios. – El baño está arriba. Te acompaño.

– Sé lo que estáis haciendo Juanjo y tú – dijo López mientras subían las escaleras. – No te preocupes, no os voy a delatar.

– ¿Cómo…?

– Como te digo, mi trabajo consiste en saber qué está haciendo quién. Y no podía dejar de llamarme la atención que Juanjo Valiñas, un empleado de Borja Cheng, y Anya Buddenbrooks – que casualmente tuvo una reunión con Cheng -, dos de los mejores antropólogos corporativos en la Península, decidieran dejar el mundo de la empresa y meterse en Tartessos a la vez. – Ante la expresión de sorpresa de Anya, sonrió y dijo: – En Euskalberri tenemos nuestras fuentes. Y yo, personalmente, tengo algunas fuentes más inusuales.

Pasaron a la biblioteca, donde Anya nunca había estado antes por estar siempre cerrada, pero que habían dejado abierta ahora con el trasiego de bidones y alambiques. – ¿Qué es lo que quieres, Pedro?

– ¿Querer? De momento, nada. Básicamente tengo curiosidad personal. Y la gente para la que trabajo posiblemente tenga mucho interés en el resultado de vuestro trabajo.

– Me sorprende que estés aquí, después de lo que pasó con Serum.

– La política de Euskalberri ha sido básicamente hacer como si no hubiera pasado nada y mantener las apariencias. Y por supuesto Gebara no puede negarse a invitarnos y tiene que fingir cordialidad. Pero estamos esperando el momento.

– ¿El momento de qué? – preguntó Anya, pero López no respondió. Se había quedado mirando las paredes y el techo de la biblioteca, que ciertamente parecía demasiado despoblada de libros como para recibir tal nombre. Sólo había un par de estanterías de IKEA en un extremo, con unos pocos tomos – una versión en cómic de “Los siete pilares de la sabiduría“, una copia muy manoseada (y sospechosamente pegajosa) de “Islas en la red“, y “Foucault para Dummies” – además de pilas y pilas de copias de las publicaciones de Gebara y “El capitalismo que se pasea”, de Luis Salazar. Además, no había ninguna silla ni mesa donde poder leer o trabajar. Era un espacio largo y vacío, sin ventanas, presidido por el pendón tartesio en un extremo.

– ¿Qué habitación es ésta? – preguntó.

– Lo llaman la biblioteca.

López calló un momento. Luego señaló hacia unos ganchos situados a intervalos regulares en el techo y en las paredes en los que Anya no se había fijado. – Esto no es una biblioteca. Es una mazmorra.

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