El otro

Hoy ofrecemos a nuestros lectores un huevo de Pascua: “El otro”, un texto que no tuvo cabida en nuestro culebrón, en el que Gebara se encuentra con un extraño que le resulta muy familiar. Lo reproducimos a continuación, y está disponible también como descarga EPUB y PDF en la sección Extras. 

Y si oyen un ruido mientras lo leen, es Borges revolviéndose en su tumba.

El otro
(con disculpas muy serias a Borges)

El hecho ocurrió el mes de junio de 20.., al norte de Panamá. No lo escribí inmediatamente porque mi primer propósito fue olvidarlo, para no perder la razón. Ahora pienso que si lo escribo, los otros lo leerán como un cuento y, en unas pocas horas, lo será para mí. Sé que fue casi atroz mientras duró, pero lo podré superar (siempre consigo olvidarme de las cosas). Ello no significa que su relato no pueda camelar a un tercero que esté dispuesto a financiar así alguno de mis proyectos.

Serían las diez de la mañana. Yo estaba recostado en un banco, frente al canal. A unos quinientos metros a mi derecha había un alto edificio, cuyo nombre no supe nunca. Los barcos se movían lentamente por el agua gris, como representantes del mundo transnacional que yo estaba luchando por crear a partir de las cenizas del viejo orden. Inevitablemente, el río hizo que yo pensara en el Arrastre. El milenario errar de los tartesios y sus predecesores de los gremios y las cofradías y los muridíes y la hawala y los masones y los indianos, haciendo ballets por el mapa del mundo. Yo había dormido bien, mi presentación ante Polansky y sus socios la tarde anterior había logrado, creo, interesarles como para financiar nuestra propuesta de una fábrica de relojes de arena cooperativistas en el desierto de Atacama. No había un alma a la vista.

Sentí de golpe la impresión (que según decía el traidor y perverso sexual de von Storgen antes de que se largara de Tartessos robándonos, como hacen siempre todos, corresponde a los estados de fatiga) de haber vivido ya aquel momento. En la otra punta de mi banco alguien se había sentado. Yo hubiera preferido estar solo, pero me daba pereza levantarme, y qué coño, yo estaba antes. ¿Acaso sabía aquel mindundi quién era yo? El otro se había puesto a silbar. Fue entonces cuando ocurrió la primera de las muchas zozobras de esa mañana. Lo que silbaba, lo que trataba de silbar (nunca he sido muy entonado), era el desaparecido Himno Indiano. Lo reconocí con horror.

Me le acerqué y le dije:

-Perdona, ¿no serás del norte de África?

-Ceutí, pero tengo sedes en Bilbao, Madrid, Montevideo, Shanghai, y Cabo Verde desde hace años.

Hubo un silencio largo. Le pregunté:

-¿En la Panadería?

Me contestó que si.

-En tal caso -le dije resueltamente- somos la misma persona.

-No -me respondió. – Es imposible. No hay nadie como yo.

Al cabo de un tiempo insistió:

– Lo raro es que nos parecemos, pero tú eres mucho más feo.

Yo le contesté: -Puedo probarte que no miento. Voy a decirte cosas que no puede saber un desconocido. En casa hay un mate de plata made in China que compró tu amante de repuesto cuando estaba aburrida esperando el buquebús en Buenos Aires. También hay una palangana de plástico de Cerdeña. En tu armario hay dos libros: La internet victoriana, del que has leído las mismas tres páginas sin ir más allá porque el autor te jode el argumento después, y la versión en cómic de Los siete pilares de la sabiduría, en el que has pegado fotos tuyas encima de la cabeza de Lawrence para hacerte pajas. 

Él asintió. – Sí. No he olvidado tampoco una tarde en casa de Salazar, en Negari, cuando me di cuenta de que mi labia me abriría las puertas que no me abriría mi talento. 

-Neguri-corregí.

-Eso. Neguri.

– Aunque- dije, súbitamente dubitativo – esas pruebas no prueban nada. Si yo lo estoy soñando, es natural que sepa lo que yo sé. Osea.

Contestó: -Si esta mañana y este encuentro son sueños, cada uno de los dos tiene que pensar que el soñador es él. Tal vez dejemos de soñar, tal vez no. Nosotros no somos universalistas. ¿Para qué empeñarse en determinar qué es real y qué no? Real es lo que nosotros decimos que es real. 

– Pero si somos un sueño ¿cómo conseguiremos financiación? – pregunté con ansiedad.

Para tranquilizarse y tranquilizarme, fingió un aplomo que seguramente no sentía. Dijo:
-Llevo muchos años consiguiendo financiación. Al fin y al cabo, siempre hay tontos deseando darle un sentido a su existencia, anhelando enamorarse de una idea, de una causa, a los que es fácil convencer. ¿No quieres saber cómo lo hago?

Asentí sin una palabra, emocionado. ¡Iba a recibir la sabiduría del maestro! ¡El gurú! ¡Mi ídolo! 

– Pues básicamente es una cuestión de seducción, de enamoramiento. ¿Por qué te crees que le tengo tanta manía al inglés? Porque tengo un acento zarrapastroso y me expreso como un oligofrénico en inglés, y así no es posible camelarse a nadie. Por eso me empeño en el castellano, o en cualquiera de las lenguas que me invento, y cuyo único hablante nativo soy yo. Porque las lenguas, como las personas, hay que controlarlas muy de cerca. ¿Sabes la murga que doy con Foucault? Es porque lo importante realmente es el poder. Pero cuando digo el poder, me refiero a MI poder.

– Pero ¿y la hazaña de lograr darle la vuelta a las elecciones? ¿La gloriosa campaña del “Pásalo” el 13M cuando conseguiste crear una ciberturba que dio la victoria a los socialistas?¡Porque eso fue cuestión de principios! ¡El triunfo de las redes distribuidas sobre la miseria del nacionalismo centralizador!

– Naaaa, yo me encerré en el water de un bar, yéndome por la pata para abajo. Pero da igual: bastó con circular el rumor de que yo había estado detrás de eso. ¿Quién me iba a contradecir? ¿El pringao de Ignacio Escolar, que se pasó la noche a pie de calle en Génova? ¡Qué idiota! ¡Tanto trabajo cuando podía haberse inventado cualquier cosa!

– Por cierto ¿cómo es que no te subiste en el tren del 15-M? ¿Los perroflautas de Sol? ¿Cómo dejaste pasar esa oportunidad?

– Puff – resopló. – Pues si te digo la verdad el problema de #nolesvotes y del 15-M en
general es que ni se me ocurrió ni lo vi venir. Pero oye, fue un swarming de manual, una ZTA de las de Hakim Bey, sin más objetivos que la existencia limitada en el tiempo y nada más. Pero joder, yo estaba intentando conquistar América y no pude atribuirme el mérito aunque fuera sin merecerlo (como hice en el 11-M, que estábamos en casa a verlas venir y ni para postear en el foro de ciberpunk teníamos ánimos). Joder, con el 11M estábamos en Madrid y ahí conseguimos colar el mito de que habíamos estado donde todo se cocía, pero con el 15M imposible… y cuando uno vive de parecer un enfant terrible conferenciante no puede dar alas a las falsas revoluciones de los demás, ¡porque entonces serán los demás quienes den conferencias! Así que lo que hice fue darles palos por todos lados, aunque en realidad, mucha diferencia no había.

– Pero David… ¿Y todas nuestras solemnes declaraciones de principios? ¿Nuestros valores?

– ¿Te refieres  a las chorradas periódicas de la declaración de Piriápolis que suprime la declaración de Montevideo que suprime la declaración de Calasparra, el Fundamento que suprime los principios,  etc etc? Eso no es más que un modo que volver a empezar siempre de cero, pasar página… y generar una claque nueva, porque claro, los antiguos siempre acaban cayéndose del guindo. (Menos Hansel. Ése siempre sigue ahí, erre que erre, aunque prácticamente le escupimos encima. Pero es que ése es tontolculo).

– Al menos quedan las ideas y la lucha por materializarlas, como la democracia económica, el cooperativismo y todo lo que implica.

– ¿También te tragaste eso? La democracia económica no existe, hay que admitirlo. El cooperativismo es una artimaña legal para pagar menos impuestos y poder despedir a los traidores sin indemnización. Después de que Xuan nos hiciera ir al notario y nos sacara un buen dinero por las acciones de la empresa decidimos hacer una cooperativa en serio. Tenemos ventajas fiscales y para echar a alguien no hay que ir al notario. No hay acciones así que no hay reclamación posible.

– Pero, ¿la cooperativa no era la culminación de la democracia económica y la carrera indiana no tiene como objetivo ser socio de la cooperativa de maestros?

– Es al revés: tras lo de Xuan nos construimos una torre de marfil, una cooperativa para Bel, Marisol y yo mismo. Es fácil entender por qué: las dos son títeres míos. Para llegar ahí hacen falta en realidad 7 años, por eso nos inventamos la tontería masónica de que los nuevos no tienen salario y tardan siete años en estar al nivel de la Basilissa. Como toda la facturación a clientes la hace esta cooperativa, nadie tiene acceso a los fondos cooperativos en ese tiempo, excepto Bel, Marisol, y yo. Vamos, que lo controlo yo todo porque, admitámoslo: el demos soy yo, los clientes son míos, el genius es mío, el talento es mío… y el dinero, ya lo adivinas, también es mío. La democracia económica no existe, pero a ver cómo consigues que alguien te dé lo que es suyo si no le vendes una moto de que todo tiene que ser de la comunidad. El ahorro común es una forma de que el dinero de todos se quede en mi cuenta.

– Hablas como si la Basilissa no fuera la artífice de la transformación, la responsable de la multiplicación de los beneficios.

– Y no lo es, alma de cántaro, el genius, el talento, y las ideas son mías. Ella es sólo la chica frágil y sonriente que me acompaña a las reuniones para ponérsela dura a los directivos a los que engañamos. Antes de que repliques, lo sé, Marisol serviría mejor para… ese rol,
mucho mejor, pero como es una ciclotímica depresiva no puedo llevarla a reuniones comerciales, porque las arruina.

– Pero, entonces, ¿no has tenido nunca ningún aporte ideológico de los demás indianos? ¿Todo el legado indiano del que aprendimos en Tartessos es obra completa tuya, sin influencias de los demás indianos? Guau, eso engrandece tu figura aun más.

– Ja, ja, ja, eres un tipo divertidísimo, y no te enteras de nada. En realidad, nada es obra mía. La ética hacker se la robé a Himanen, la netocracia a dos suecos cuyo nombre ya no recuerda nadie (¡desgraciados!), reciclé todo Smartmobs de Howard Rheingold (pero sin
citarlo jamás, por supuesto) y el concepto de swarming… bueno, tampoco lo inventamos Salazar y yo, ¿tenemos cara de ir inventando conceptos en inglés? Tampoco inventamos el netweaving, por supuesto. No conocíamos nada de Lawrence de Arabia hasta que un traidor cargado de complejos sexuales lo sacó en su blog, y por supuesto la vinculación de esos planteamientos tácticos con el gran juego de tablero que son las damas la saqué de la portada de uno de esos libros de los que sólo me leí la contraportada. El sionismo digital fue cosa de Pau Fincana, que junto a Oriol Fontès y Enrique Pérez escribió un libro en el que yo sólo hice un pequeño capítulo introductorio, pero en la reedición que hicimos en Cerdeña decidí no incluir sus nombres. No, hombre, mi único y verdadero aporte fue la elegancia y discreción con la que fui robando ideas de aquí y de allí, y sisando recompensas a todos los que me rodeaban. – Aquí pareció sumirse en una ensoñación placentera. No era la primera vez que sospeché que se le había ido la olla, sentado a su lado en aquel banco. Creo que se estaba dejando llevar por el puro vértigo de poder decir la verdad y sólo la verdad por primera vez en su vida – porque, después de todo, se la estaba diciendo a alguien que a la vez era y no era él. – Ése es el auténtico legado que dejo, pequeño saltamontes: la lección que deberían aprender de mí quienes se encuentren mi nombre grabado en los pilares de la historia (porque toda una nueva generación de internautas ya crece encontrándose mi nombre en los libros de historia…)

– Pero David, no lo entiendes. En Tartessos no somos así: somos una comunidad actual, no una comunidad potencial. Llevamos la vida que queremos rodeados de la gente que queremos, y no moriremos en una guerra con alguien que no quiera morir a nuestro lado…

– Ah, ¿tú también te creíste lo del “we few, we happy few“? Ay… ¿Sabes, Gebara? En realidad yo quería conquistar el mundo, hacerme rico, follar mucho (con muchas mujeres diferentes, que la poligamia está perseguida sólo por los monoteísmos nacionalistas) y todo eso. Lo del happy few me lo inventé cuando resultó evidente que me daban de lado todos excepto un
puñado de pusilánimes. Lo cierto es que me vino como picha al culo la película de marras de Branagh. ¡La de veces que he aplacado crisis de reputación interna poniendo el vídeo de esa escena en la oficina a todo volumen!

– Pero, pero, pero… ¡yo creía en ti! eras como… UN MITO para los tartesios, ¿y me estás diciendo que todo es una farsa?

Sonrió y se levantó para marcharse. – Lo siento, chiquipún. Es que siempre fui mucho más mentiroso que tú.

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Un pensamiento en “El otro

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