Cooperativa de Tronos – 1

Iban cruzó el patio de la ikastola, pensativo. Acababa de salir de su decimotercera lección de gocuspocus, el juego que se había hecho obligatorio como parte de la educación de todos los niños en el Norte, y todavía había cosas que no entendía.

Al principio le había hecho mucha ilusión. A sus ocho años, era un crío inteligente y vivaz, y le gustaba resolver problemas y competir. El gocuspocus, con sus piedrecitas negras y blancas sobre una cuadrícula, parecía algo interesante, particularmente en comparación con asignaturas como Tecnología Ecológica para el Invierno que Viene.

Pero había algo que no le acababa de convencer. Sabía que la gente que había venido a enseñarles los misterios del gocusbocus eran altas figuras en la Corte. Gebara Indiánister, en particular,  era un consejero del que se decía que contaba con la confianza del mismo Pie (el lugarteniente del Lehendakari que antes había sido conocido como la Mano hasta que los Indiánister le convencieron para cambiar el nombre del puesto, ya que debía ser un Pie en Polvorosa por definición). Y sin duda era un hombre brillante, que había deslumbrado a todos con su masterclass sobre el gocuspocus y su relevancia mística. Iban, como todos sus compañeros, como todos sus maestros, había acabado a lágrima viva mientras Gebara Indiánister les explicaba, emocionado, cómo el gocusbocus era el último bastión del Norte y de Pastaros, que haría posible la resiliencia y la fraternidad y la vida interesante frente al Invierno que llegaba.

Y sin embargo… Ahora que ya había pasado un rato desde la masterclass y se había despejado un poco en el aire frío del patio, las cosas no acababan de cuadrarle del todo. Había entendido la dinámica del gocuspocus bastante rápido, y se lo pasaba bien, pero ¿por qué se empeñaba Gebara Indiánister en decir que era un juego en el que lo importante no era ganar, sino dar? ¿Pero la cosa no iba de comerse piedrecitas? Tampoco entendía las supuestas conexiones que había establecido entre el juego y los sentimientos – a Iban le gustaba el juego, pero no se sentía tan distinto después de jugar como, según Indiánister, debería sentirse. Y, consultando los manuscritos que habían llegado hacía poco desde el Paso del Lehendakari, había visto algo que le había perturbado mucho.

Se acercó al ala de la ikastola donde le habían cedido algunas estancias a Indiánister (que normalmente vivía en su kibbutz glam de Paso del Lehendakari, pero que había exigido una suite completa para venir al Norte). Quería hablar con Gebara para que le aclarara sus dudas, y aunque ya era un poco tarde, había luz en su ventana. Como buen chaval del Norte, Iban era muy aficionado a la montaña y a trepar. Tal vez Indiánister estuviera ocupado, y no quería molestarle – por lo que había visto de él, Gebara Indiánister no era alguien que fuera particularmente agradable cuando estaba de malas. Así que decidió trepar hasta su ventana para ver si estaba ocupado antes de entrar a hablar con él.

Subió por la pared cubierta de hiedra sin mucha dificultad hasta el repecho de la ventana de Gebara y se asomó a mirar. Efectivamente, Indiánister estaba en la estancia, de espaldas  a él, de pie frente a una mesa.

Y entonces Iban se dio cuenta de que tenía los pantalones alrededor de sus tobillos y el culo al aire. Y que dos piernas le agarraban por la cintura.

– ¡Hala! – no pudo evitar exclamar Iban. ¡Así que era verdad! ¡Había gente que follaba!

Gebara se volvió súbitamente, dejando ver un rostro de mujer que miró a Iban con cara de horror. Maris Indiánister. – ¡Nos ha visto! – gritó, espantada, tratando de taparse, porque estaba medio desnuda sobre la mesa. – ¡Nos ha visto!

Gebara se subió los pantalones y se acercó con tranquilidad al repecho de la ventana, donde Iban se había quedado paralizado. Sonrió. – Hola, chaval. ¿Qué haces ahí?

– Eh… eh… Había venido a hacerle algunas preguntas sobre el gocusbocus, señor.

– ¿Sobre el gocusbocus? ¿Qué preguntas?

La mirada del chaval no dejaba de oscilar entre las tetas desnudas de Maris Indiánister y Gebara. – Pero pero pero… ¿no dijo que en Casa Indiánister reina la fraternidad? ¿No es ella su hermana entonces?

– Bueno, más o menos, chaval. Cuando seas más mayor ya descubrirás que las mujeres no importan realmente. Sólo hay que hacerles creer que importan. Pero ¿qué me querías preguntar?

– Ayer llegaron mensajeros de Paso del Lehendakari, señor. Con noticias del torneo de gocuspocus que se celebró el mes pasado. En el que usted tomó parte.

– Lo organicé yo, sí – dijo Gebara Indiánister, con gesto de orgullo. – Ha sido el mayor evento de gocuspocus en todo Pastaros, que se recordará para toda la historia. Y el honor corresponde por completo a mi Casa, la Casa Indiánister.

– Pero, señor… he visto los resultados del torneo. Usted quedó en última posición. ¿Cómo es posible? Usted dice que lleva jugando al gocuspocus desde que era niño. ¿Cómo es posible que le derrotaran novicios que apenas llevan meses jugando? ¿Cómo es posible?

A Gebara le cambió el gesto. Se inclinó hacia el niño y lo agarró por la muñeca, separándolo de la pared. – Es un secreto, porque en el gocuspocus las cosas nunca son lo que parecen. ¿Quieres que te cuente el secreto?

Iban asintió, mudo.

– El secreto, chaval – siseó Gebara en su oído – es que nunca hay que cuestionar lo que yo digo.

Y entonces lo agarró por la otra muñeca, y sin mediar más palabra, tiró al niño por la ventana.

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2 pensamientos en “Cooperativa de Tronos – 1

  1. inofensiva

    > Tecnología Ecológica para el Invierno que Viene.

    Casi me atraganto con la letxuga de la risa que me ha entrado al leer esto. La culpa es de la letxuga, las letxugas son nazis.

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