Cuentos de anchoas

El harén del Amado Líder nos deleita hoy con dos hermosos cuentos de anchoas, digo de hadas.

Primero, la Mascota nos habla de las pirámides “guanches” de Güímar, en las Islas Canarias. Que de guanches tienen lo que un Casio made in China, porque al parecer son una falsificación del s. XIX. Pero según la Mascota y sus profundos razonamientos, esto da igual y es una “teoría inofensiva”. Después de todo, las supuestas pirámides guanches atrajeron el interés de Thor Heyerdahl, que sin duda las quería ver como una confirmación de sus erróneas hipótesis hiperdifusionistas, y que era pelín racista el hombre.

Pero, señores, resulta que estas fantasías guanchísticas trajeron pasta al pueblo – esencialmente bajo la forma de subvenciones, ya que se supone que son Bienes de Interés Cultural (¿interés de qué cultura? ¿La cultura del timo?) Y ya sabemos cómo les pone a los tartesios una buena subvención y cuánto odian el capitalismo de amigotes.

¿Qué más da que “una teoría inofensiva” y medio nazi con sus hipótesis de una antigua raza blanca difundiendo la cultura a los pobres bárbaros marrones incapaces de construir pirámides ellos solos se cague en la historia y en la realidad? ¿Qué más da que forcemos a todo un departamento de arqueología a trabajar en lo que ellos mismos saben que es una patraña porque es la versión de la historia que nos hace ilusión? ¿Qué más da que dediquemos los presupuestos a una versión Walt Disney de la historia y no a la arqueología real de las islas? ¿Qué más da que estemos vendiendo un pufo a incautos, a sabiendas de que es un pufo? Sacamos pasta ¿no?

Pues apliquen la moraleja a los tartesios. Dejamos cómo esto se traslada a su funcionamiento en los negocios como ejercicio para el lector.

En segundo lugar, la Basilissa nos habla de las sirenas. Pero en esta ocasión el cuento es un cuento de miedo. Porque por lo visto las sirenas son una metáfora que nunca ha sido usado antes, no, nada manida de “entregarnos a una vida sin esfuerzo intelectual ni curiosidad”:

Es muy tentador vivir en la certeza de los trabajos rutinarios, repetitivos, bien procedimentados, en los que la mente humana no aporta nada sustancial. Pero una vez atrapado en el pais de la sirenas, el país de las palabras vacías, no hay escapatoria.

Desconstruyamos esto, porque tiene miga. Para empezar, parece que los trabajos “bien procedimientados” son inhumanos, frías maquinarias donde el ser humano no pinta nada, como Charles Chaplin en Tiempos Modernos.

Es absurda esa unión entre procedimiento y alienación, y está al alcance únicamente de quien jamás ha trabajado siguiendo procedimientos. ¿Cómo que la mente no aporta nada sustancial? Es como si todos los trabajos tuvieran que ser creativos y alocados, más sujetos a un chispazo de imaginación que al análisis racional de tareas (algo que, ejem, escasea bastante en Tartessos). Coño, si incluso Picasso decía aquello de “si llega la inspiración, que me pille trabajando”. Osea, siguiendo procedimientos: preparar el lienzo, mezclar la pintura, hacer bocetos preliminares. Ya saben, el trabajo bien hecho y esas cosas.

Además es tremendamente clasista. Es el discurso de que si tu trabajo no es creativo y superguay estás tirando tu vida, cuando para que tú puedas pasarte el día pensando memeces necesitas alguien que te barra la oficina, alguien que te limpie la casa, alguien que te lleve a casa los paquetes de Amazon, y de momento alguien que empaquete esos mismos paquetes en un almacen a 40ºC. Todos esos trabajos son necesarios, no son creativos, ni cool. Los hacen personas que no leen Monocle, esa revista tan amada del Amado Líder. Qué coño, los hace gente que no sabe que existe Monocle.

Y no son inferiores a ti, Bel, con tu trabajo “creativo”, aunque tu trabajo supuestamente mole más (no vamos a entrar a analizar si pasarse el día pensando en las musarañas como hace Bel es realmente más divertido que estar todo el día reponiendo en las góndolas del Mercadona). Pero la insistencia en el desprecio a ese trabajo esconde (aunque no mucho) una mirada clasista. Esas clases sociales que según el Pequeño Timonel los tartesios han superado por completo, porque ellos no son una comunidad imaginaria o imaginada o lo que sea.

Claro que no vamos a sorprendernos ahora de que una pandilla a las órdenes del ayatollah Gebara, que presume de tener la verdadera y acertada interpretación del marxismo, sea clasista. Al fin y al cabo, Marx inventó el concepto de clase. Y, como sabemos, en último término, en Tartessos no entra profeta ni teórico ni macho que no sea Gebara.

(Y además tiene gracia que la Basilissa presuma de que tiene un trabajo que la estimula intelectualmente y le permite tener pensamiento libre. Cuando es notorio que las opiniones discrepantes en Tartessos – discrepantes del Amado Líder, esto es – tienen exactamente una vía: la puerta. Cuando los tartesios hablan todos con la misma voz,  como ya hemos señalado  en tantas ocasiones).

En fin, las pajas mentales de una relativista intelectual y ética a la que no le dejan dedicarse a sus vicios literarios, y los lujos de una heredera y ama de casa mantenida. Así da gusto filosofar.

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Un pensamiento en “Cuentos de anchoas

Delibera, aunque sea banal

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